CRONICA DE UNA POETA EN LA GRAN URBE (Carla Escobar)

“Uno de sus sueños era ver en vivo a David Gilmour.
Jamás imaginó que ese fin de semana
se transformaría en una historia maldita digna de narrar.
A continuación, una crónica de la poeta Carla Escobar”.

CRONICA DE UNA POETA EN LA GRAN URBE

La muestra de arte en el Barrio Concha y Toro, claramente fue hecha a pulso, agruparon artesanos y artistas visuales en uno de los pasajes, no había un hilo conductor en los conceptos, ni en las técnicas, era una fusión de expresiones coloridas, aparentemente de novatos.

En una de las esquinas estaba ubicada una pintora con su modelo que bailaba al son de la música hindú, era un espectáculo lleno de buena intención, pero al fin y al cabo pobre. En otra de las esquinas había un puesto de comida vegana, nos preparamos una especie de taco gigante con un arroz masamorriento, carne de soya, lechuga, zanahoria, zapallo italiano y mucha variedad de salsas preparadas con papa, ajo y alguna hierba aromática, dicha salsa de ajo podía olfatearse a un par de metros, la comida de los hippies alternativos le hizo mal a mi amiga, así que tuvimos que regresar al departamento con todo el sol encima, lo más bonito de la jornada, fue ver a un par de niños y niñas jugando en la fuente de agua que está justo al centro de las casonas abandonadas por la clase adinerada de antaño, en su mayoría tomada o arrendada por gente alternativa.

Llegamos al departamento de mi amiga y como no se le pasaba el dolor de estómago, bajamos a la farmacia. Había un grupo de música tropical, bueno, es el precio del pluralismo. La dejé acostada en su cama y me fui caminando a la vega escuchando algo de punk.

Cuando me disponía a cruzar del mercado a la vega, escuché un sonido tan impactante que miré de inmediato, era el cuerpo de un hombre en moto que había sido arrollado por un transantiago, la mitad de su cuerpo quedó debajo del autobús, la imagen fue como ver quebrar un palo de helado, se escucharon alaridos, de pronto la gran vorágine enmudeció, el tiempo se congeló en mi retina.

Era sábado en la tarde, estaban casi todos los puestos cerrados, el ambiente lucía habitado por restos de frutas y verduras podridas, de las carnicerías escurría el hedor del agua con sangre de los vacunos, que bajaba por el suelo y mojaba la punta de mis bototos negros como de costumbre desabrochados, una vez más despegados.

Caminé por los rincones y todo me daba asco, no podía borrar de mi mente la imagen del motociclista tirado en el suelo, compré lo más rápido que pude, pedí una caja para guardar la mercadería y caminé por el paseo Ahumada viendo cómo los vendedores ambulantes ofrecían las últimas novedades de juguetes para navidad. Al llegar a Catedral me instalé a esperar la micro, dejé la caja con verduras sobre un basurero y esperé la micro que me dejaría a un par de cuadras de casa.

Cuando llegué, puse cada cosa en su lugar, luego me recosté sobre la cama pensando en la imagen del accidente, cuando estaba a punto de dormir una amiga me habló por internet para preguntar si me sumaría a la previa de Gilmour con la Comunidad Floydiana. Al principio le dije que no porque trabajaba temprano al otro día, después me sentí culpable, recordé el episodio fatídico y sentí que la vida era corta, finalmente le dije que iría. Me arreglé con esmero, cuando estaba a punto de salir, noté que la cartera estaba abierta y que mi billetera no estaba dentro, ordené el desorden que tenía en mi pieza como tres veces. Obviamente los planes de salir quedaron hasta ahí ¡quería desaparecer del planeta! “El día anterior me habían aprobado un crédito de un millón de pesos para pagar mi tesis, aparte tenía que pagarle una cuota a un amigo y celebrar las fiestas de fin de año, el día anterior llegué tan cansada, que me olvidé de sacar el dinero de la billetera. No podía creerlo. Finalmente me resigné y me puse a dormir.

Al día siguiente fui a trabajar en la mañana, llamaba y llamaba al nochero, pero era fijo que estaba plácidamente dormido. De pronto se me ocurrió lanzarle una botella de plástico que estaba votada, la lancé por entre medio del portón hacia la cortina eléctrica que subió en un par de segundos, desde abajo vi su rostro con una postura corporal tan cómica que me hizo pensar, “este hombre desciende de una familia de suricatas”. Mi turno se desarrolló sin grandes novedades, uno de los encuestadores me pidió un café con dos de azúcar mientras llegaba su coordinador, recuerdo que me eché en la silla como viejo de 50 agarrándose los testítulos, mientras disfrutaba de una película que se demoró como tres horas en cargar porque internet en mi trabajo es muy lento.

Cerré mi turno a las 2 de la tarde y me desplacé rápidamente hasta el Estadio Nacional para hacer la fila de cancha por la entrada de Avenida Grecia. Las horas transcurrieron lentamente bajo el sol que azotaba el cemento, la venta de joqueis fue un éxito, los asistentes se ponían cajas vacías sobre la cabeza para cubrirse del sol, los carabineros expulsaban del recinto a los vendedores de bebidas y agua mineral, todo esto mientras oía a Joy Division afirmada en una de las rejas, mientras esperaba que abrieran las puertas para el concierto de Gilmour.

Un par de horas después llegó mi amigo con la entrada de regalo, una verdadera hazaña, ya que cruzar el monumental entre tantas filas de personas bajo un calor insoportable, lo hace acreedor del título de mejor fan de Pink Floyd en Chile, no sólo por eso, sino porque con ésta presentación completaría cinco recitales de Gilmour y cinco de Waters, la noche anterior estuvo pintando un lienzo con la imagen de la gira donde cada miembro pondría su firma cerrado el concierto “desconozco si lo concretaron”. Al salir se reunió con un chico de Valparaíso, “también acreedor de una de las entradas de regalo de nuestro amigo Dan, se encontró con uno de los miembros de la producción, le entregó un regalo de su viaje a Europa y sacó el lienzo para mostrárselo, las personas comenzaron a fotografiarse de inmediato al lado de ésta imagen imponente. Luego nos separamos, sólo quedé con el chico de Valparaíso colados al principio de una fila. Cuando abrieron las puertas, revisaron mi mochila, como tiene cinco cierres, escondí una botella con té verde congelado que de seguro necesitaríamos más adelante, un carabinero tuvo la intención de votar la cuchara que encrespo mis pestañas, no sé cuántas groserías le dije, hasta lo amenacé, pero al parecer fue contundente el discurso, porque finalmente me la entregó. Terminada la revisión, ¡salimos corriendo a la cancha como si el mundo se fuera a terminar! No entendía mucho el sentido de correr porque siempre había estado en conciertos donde la entrada VIP estaba en altura y al fondo o la entrada era general, pero estando allá, visualicé las personas que habían guardado su puesto justo al lado de la reja que separa el sector VIP de las primeras filas con la cancha. Nos sentamos en una esquina a la sombra, comenzamos a hidratarnos cuando de pronto visualicé a una madre Hare Krishna que conocí en mi ciudad natal. Llegó justo en el momento donde los cigarros de marihuana corrían uno tras otro, fue un viaje maravilloso, lleno de imágenes surrealistas, la espera comunitaria se hizo placentera, hasta que poco a poco fue llenándose el espacio. Ir a un concierto y estar de pie más de cuatro horas, es realmente agotador, pero vale la pena, uno de mis sueños se había cumplido. En el transcurso del concierto iban emocionándose poco a poco los asistentes, algunos comenzaron a llorar de inmediato, se demoró como media hora en empezar, abrió con el tema 5 AM de su último disco Rattle That Lock, luego el tema homónimo, Faces of Stone, del Wish you were here el tema homónimo, del Rattle That Lock A boat lies waiting, tocó algunos temas clásicos de su carrera como solista del disco On an Island The Blue, Money y Us and them del Dark side of the moon, In any tongue del Rattle That Lock del Division Bell High hopes, luego hubo un break que inició con el clásico Astronomy Domine del The Piper at the gates of down, del disco Wish you were here tocó Shine on you crazy diamond (Parte I-V) uno de los temas más alabados, del Atom Heart Mother tocó el nostálgico Fat old sun, del Division Bell el increíble Coming back to life, del disco como solista On an island tocó el tema homónimo, del último disco Rattle That Lock tocó un tema que sonó totalmente diferente por sus bases de jazz llamado The girl in the yellow dress, del mismo disco el tema Today, del A Momentary Lapse of Reason tocó Sorrow, del The Wall tocó Run like hell finalmente del disco Dark Side of the moon Time y luego Breathe para cerrar con el tema más desgarrador de Pink Floyd Comfortably numb, el concierto fue una verdadera catarsis colectiva, cuando encendieron las luces, habían muchas personas que se notaba habían llorado.

Al cierre salí con el chico de Valparaíso, al caminar hasta la entrada comprendí por qué llegué a la cancha toda sudada y a punto de desmayarme, “habían sido varios los metros”. Me acompañó hasta la micro y se despidió. Cuando iba en la Alameda decidí bajarme en un paradero para tomar un taxi que ingresara al Barrio Yungay. Justo antes de bajar vi un hombre joven de pelo largo claro con short y mochila sentado en el paradero anterior que se balanceaba de un lado a otro, cuando vi que el paradero en el cual me había bajado no paraban los taxis, comencé a avanzar, hasta que llegué al paradero donde estaba ubicado este hombre, que se acercó caminando hasta mi de inmediato y que ignoré por completo, sólo quería afirmarme en una mierda de fierro muy incómodo que ponen como asiento en los paraderos de mala muerte. En ese instante llegaron cuatro adolescentes que se dispersaron en el lugar, pensé que me asaltarían, pero cuando uno de ellos le preguntó al tipo que se había sentado a mi lado, si las micros que ellos esperaban paraban ahí, les grité que no, justo en ese momento paró una micro en la esquina y salieron corriendo para alcanzarla. En ese instante este tipo se sentó a un par de centímetros de mi lado, abrió una mochila y sacó algo que puso entre sus manos, era notorio que no se encontraba en estado natural, al contrario, su vista estaba desorbitada, debo asumir que como venía de un concierto de David Gilmour, tras haber fumado marihuana toda la tarde, no me encontraba con el estado de alerta o instinto de supervivencia muy desarrollado, cuando se paró a mi lado con las manos cruzadas y en alto, en primer lugar lo saludé y mirándolo fijo a los ojos le pregunté ¿cómo estás? me miró y suspiró respondiendo “no han marchado bien las cosas últimamente” volvió a suspirar, yo me agaché y como en señal de empatía, dejé caer mis brazos en dirección al suelo y exclamé “lo lamento” pensé que la cosa que sostenía entre sus manos podía ser una flor, hasta imaginé salir un pajarito de colores, pero no fue así, bastó que observara rápidamente el objeto con el cual me estaba apuntando para deducir que no era amigable, al contrario, si permanecía un segundo más en ese lugar, me lo enterraría en la yugular. ¿Qué mierda piensas hacerme? ¡Estás loco! Le grité y salí corriendo mientras hacía parar los taxis que pasaban llenos, me sentía como personaje principal de una película de terror y suspenso mientras avanzaba, tras mirar hacia atrás, vi que el hombre se quedó parado en el mismo lugar donde hablamos, con la misma postura, tenía sus manos en altura con aquel objeto entre las manos, como queriendo asesinar el vacío.

Cuando al fin logré parar un taxi me preguntaba ¿Por qué habrá actuado de esa manera? “Recordé la película PI, cuando el protagonista decía que detestaba las cucarachas y las mataba una por una, porque me producía tanto placer oír aplastar esos bicharracos. Es tan maravilloso matar hormigas o cualquier tipo de insecto, son tan vulnerables, tan insignificantes, que a nadie le importaría la muerte de una pulga o cualquier bicharraco que intente hacerme daño. Ese es el punto, yo no lo amenacé, por lo tanto el único estímulo que pude haberle provocado, fue el hecho de hacerlo sentir superior donde me vio sola, tranquila y extrañamente feliz. Cuando veo arañas que están pariendo otras arañitas, por muy pequeñas que sean y por muchas telas de araña que dejen en casa, disfruto verlas crecer”.

Poeta Carla Escobar

Carla Escobar, Diciembre de 2015

Fotografía: Miguel Fuentes

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