Relato: «La ruta de la no ruta chilena» Por Manuel Knwell

 

Un día de verano iba por una arteria céntrica y divisé a mi mejor amigo, Camilo Ortiz quien iba con su tenida de estío, me explico: short  estilo Caszely; calcetas tipo Bruce Dickinson, una playera de Ozzy bien ajustada a su cuerpo, y zapatillas blancas con caña, marca Converse. Decidí seguirlo, ya que tenía un estilo peculiar al caminar, muy rápido, elevando su trasero como el alero de la cola de un auto de Fórmula 1. Emprendía su vuelo de una forma fulminante donde no existía movimientos zigzagueantes en su ruta o que titubeara por alguna milésima de segundo. Pues bien, lo seguí como cinco cuadras para ver si llegaba a errar su ruta, pero nunca lo hizo.  Tampoco chocaba con la gente y lo gracioso era que las señoras daban vuelta sus cabezas para mirarle sus piernas y su trasero, lo que me causaba mucha gracia. Lo más curioso de todo, es que Camilo no solo caminaba así cuando estaba sobrio, sino que ebrio era igual.

Recuerdo cuando frecuentábamos el bar “Deja Vu” en Chillán, allá por el año 2004 y eran como las 5 de la madrugada, mi socio ya estaba con el agua hasta el cogote. Decía que él era la reencarnación de un vampiro que obviamente no resistía la luz del día y se iba raudo a su casa. Yo me asomaba a ver cómo iba por las calles, a pesar de estar en un estado de embriaguez total, era capaz de caminar erguido y sin golpearse contra las murallas de las casas, siempre recto.

El ejemplo más claro fue el 2017 cuando estábamos arreglando una presentación para el museo Arrau. Contactamos al Nacho, un personaje de la escena electrónica del centro sur de Chile, que hacía visuales y mapping, oriundo de Curicó. Con la alegría de celebrar que íbamos a presentarnos en el museo salimos a beber por distintos bares de Chillán, partimos como a las 5 de la tarde. Camilo comenzó a beber mezclas inhumanas, por ejemplo: cerveza, pisco, whisky, vodka, vino, etc…Llegamos a un after que existía en esa época llamado “Cocina arte”, ubicado en el mítico mercado y que había sido hogar del tenor Ramón Vinay, el cual fue considerado de los 30’ el mejor Otelo de antaño.

Ya eran las 5 de la madrugada, pero a Camilo se le olvidó que era un vampiro y que a esa hora debía retirarse a sus aposentos. Con Nacho bebieron pisco Tres Erres mezclado con Whisky Ballantines, así estuvieron hasta las 9 de la mañana. Hasta que el rostro de Camilo se transformó en Nosferatu, igual al de Herzog, con sus ojos inflamados con ciertos derrames, lo cual acentuaba sus facciones de terror. A esa hora mi compadre decidió irse a su hogar, le pregunté si quería que lo acompañara y me dijo que “no”. Pues bien, salió apresuradamente sin antes dar los abrazos correspondientes, fui a verlo para cerciorarme que estaría bien y, a pesar de que se fue casi arrastrando y que se paraba como una araña en cuatro patas, su forma de desplazarse era segura y en línea recta.

Esta ha sido la imagen de Camilo desde que lo conozco, quien ya superó el medio siglo. Medito, mientras lo sigo cinco cuadras para ver si llegaba a errar su ruta, pero nunca lo hizo. Él tiene una forma de pensar bastante alejada a la del chileno promedio, y más cercana a la de Raúl Ruiz en relación al caminar del criollo chilensis. Siempre que venía a estas tierras se quedaba observando las calles de Santiago, que son por lo general rectas. No entendía por qué las personas  se movilizaban por las vías de izquierda a derecha, chocando unas con otras, invadiendo el metro cuadrado del otro peatón. Ruiz decía que eso en Francia era imposible de ver, y si sucedía, la persona que invadía tu espacio pedía las correspondientes disculpas. El cineasta se inspiraba en estas formas tan peculiares cuando hacía sus películas.

Vislumbro a Camilo cuando íbamos caminando por la playa de Lirquén, a lo lejos  se perdía ante el atardecer, su andar y su silueta reflejadas contra el sol del ocaso. Él es: “la ruta de la no ruta” de este país perdido en aquel camino que creyó trazar apoyando sus pasos en líderes y próceres con los que se formó, un país que borró su periplo por la fuerza y con sangre.

Por Manuel Knwell, dedicado a Camilo Ortiz.

Camilo Ortiz es periodista y escritor, oriundo de San Carlos pero avecindado en la ciudad de Chillán, ha escrito cuatro libros de narrativa: La Casa Sola, La Puta y el Poeta, El Hijo del Notario y Vergüenza que es su primera novela. Su último libro, también de este género y titulado El Secuestro, se encuentra en la etapa de edición y se estima saldrá a fines de julio.

 

 

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