Cuento | “Sobre cómo era para ambos” (J. Acuña)

 

Sobre cómo era para ambos

J. Acuña

 

“El otro es indispensable a mi existencia tanto

como el conocimiento que tengo de mí mismo”

(Jean-Paul Sartre)

 

ella tenía los ojos más llamativos de la ciudad: cuando la conocí no dudé en hacérselo saber. Le dije, no sé, nunca recuerdo bien esas cosas que se usan para remecer a una mujer. Reconozco que fui sincero en mi actitud, pues nunca muevo una pieza sin adivinar qué es lo que mi contrincante hará. Eso sí, no anoté su jugada… por eso algo me incitó a creer que esa mujer sería la indicada. Tampoco me equivoqué durante los años que vivimos en la misma casa: era una delicia verla despertar cada mañana, aunque estuviese fría, tibia o ardiente, dependiendo del subjetivo u hormonal estado en el que se encontrara. Sin embargo, no todo el mundo entiende que nada es eterno… y la dejé, bueno, ella me lo enrostró así, pero yo solo hice lo que debí hacer.

A veces sabía de ella: volvíamos a conversar, casi siempre on line. No obstante nunca volvió a ser como antes… era tan absurdo cuando nos poníamos a chatear y se trataba de “vengar”, diciéndome cosas hirientes porque estaba resentida. La borré, la borré de todo.

El caso es que un día, viajando a aquella ciudad donde estuvimos juntos, pasé por el sucucho – y debo decirlo como es para que se entienda la idea esa de “contigo pan y cebollas” -en la que se nos ocurrió vivir. Digo, no hallé nada mejor que volver a ver aquel lugar que alguna vez compartimos: HO RRI BLE con todas sus letras, era el reducido espacio con el que, comparado, hoy tengo. Sin embargo, reconozco que por segundos, por casi un chispazo de segundo, creí revivir lo que sentí a su lado: esa forma que tenía de tranquilizarme, no sólo con su sexo (que era más que exquisito) si no también -como le decía a modo de piropo- en su forma de desplazar su estructura molecular a través del espacio o de hacer que su voz me provocara una dulce somnolencia hipnótica… Un par de “por la cresta” se me escaparon a propósito, antes de irme para siempre de ahí, de dejar presos entre esas murallas aquellos mejores momentos.

Claro, me pregunté ¿qué será de esos ojitos? pues nunca reconstituyo su cara ni su cuerpo íntegramente, ni tampoco ese lapsus de tiempo en general. Quizá pensé que esa habitación vacía no era el lugar real en donde nos bebimos-vivimos, nos soñamos-tocamos y comimos-dormimos… la mente tiene tantas formas de desear.

Él me dijo “ojitos lindos”. Me dijo ojitos lindos y creí descubrir otra forma de ser vista… pero con el tiempo se fue. Siempre debía. Sin embargo yo pensaba a veces en él, a ratos, incluso hablábamos, pero él no entendía lo que me pasaba… Por lo mismo creo que comencé a imaginar un mundo paralelo o en otra dimensión en donde podía ir a llorar a la pieza vacía, vacía desde hace mucho la pieza donde dormimos los dos. Donde vivimos juntos mañanas frías, mañanas tibias, mañanas que sentí lo indecible. Una pieza vacía cuya ventana daba a las escaleras por donde subía primero un tararear en la tarde y luego los pasos pesados, un suspiro de “ya llegué”. Lloraba y lloraba presa en esa pieza, los ojos cubiertos por mis manos que hacían un eco que se devolvía hacia mí, a las oscuras y húmedas cavernas de mi propia cárcel. Hasta no poder más lloraba, hasta sentir que no importaba sentir culpa, que la pieza estaba vacía y eso era todo. No: él lo era todo, pero él no lo comprendió y se fue, porque su conducta era irreprochablemente consecuente con él mismo, por eso incluso en ese mundo imaginario, sólo era una figura difusa, casi tan difusa, casi tan lejana siempre incorpórea, porque…

Un día, mientras lloraba en mi pieza imaginaria, escuché lejano el tararear conocido, aquella melodía indefinible que no ha sido creada aun. Luego sentí los pasos espesos que acariciaron mis oídos… dejé de llorar, porque se abrió la puerta inmaterial y entró él, él era él murmurando un par de garabatos al ver el estado deplorable en el que encontraba la pieza vacía. Yo lo miraba paralizada, sin comprender cómo es que había logrado presentarse tan vivo un recuerdo que nunca sucedió. Traté de hablarle, pero fue imposible… mi mente, alerta a la jugada obstinada de la demencia, había separado incluso esas dimensiones para protegerme, pero yo quería, con todas mis ganas que él supiera que también estaba ahí. No, no fue así. Sólo advirtió un leve susurro cuando le grité al oído, dibujó una irónica sonrisa cuando le hice muecas, se movió hacia la ventana cuando traté de tocarle… nada. Quedó un rato ensimismado, como cuando yo le hablaba dulcemente, muchos años atrás. No pude menos que seguir llorando cuando se fue, cerrando la puerta tras de sí, encerrándome para siempre sin poder salir, con sus/ mis “ojitos lindos” irritados de tanto llorar hinchados los ojos que ya no serán lindos, que no mirarán nunca más los recuerdos que querían ver.

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