Entrevista: Jorge Mendoza (Productor/Manager)

Hormiga del rock

Aquí no se destila nostalgia, sino la permanente pasión de encontrar un nuevo sonido: semblanza de Jorge Mendoza, productor y manager musical, uno de los fundadores de la escena rockera de Concepción en los años ’80.

Por Camilo Ortiz

Cuando el rock apareció en Chile en las postrimerías de los ’60 fue un fenómeno entre los jóvenes de las clases acomodadas, los únicos de su especie que podían acceder a los instrumentos musicales y al escaso material discográfico que llegaba desde los Estados Unidos. Ellos interpretaron la contracultura como la suavidad del amor, sin alusión alguna al sexo. Como dice el periodista y músico Gonzalo Planet, en su libro Se oyen los pasos, era un club de parias que para la derecha constituía una amenaza a las buenas costumbres, mientras la izquierda los veía como una invasión cultural del capitalismo. Sólo con la dictadura de Pinochet el género explotó en su espíritu rebelde con bandas como Los Prisioneros o Los Pinochet boys.

En Chile nunca hubo plata para las bandas emergentes (salvo quizás hoy en día con algunos escasos fondos estatales que no hacen ninguna diferencia). Los productores tenían el genuino deseo de romper la mordaza, incluso más que sus pupilos, sabiendo que su figuración no incluiría demasiados aplausos ni ganancias. Organizaban tocatas en espacios universitarios de ciudades como Valparaíso, Valdivia o Concepción. En las radios comunitarias o del mundo académico se los escuchaba en programas brevísimos, seguidos con avidez por los jóvenes opositores al régimen.

En Concepción, Jorge Mendoza fue uno de los obreros del rock en los tiempos difíciles y en el presente sigue produciendo nuevas bandas. Junto a él, en la misma ciudad, cabe mencionar a Ricardo Mahnke, a quien hoy se le conoce por su obra cinematográfica y en verso, pero que en la música jugó un rol esencial como manager (en sus primeros años) de Los Tres. En todo caso, Mendoza les gestionó a estos últimos algunos conciertos en la emblemática Aula Magna de la Universidad de Concepción, registros que aún conserva y son parte de la historia del rock chileno.

Cuando nos encontramos con Jorge en la plaza de armas penquista, vestía igual que en su foto de perfil de Facebook: sombrerito de ala corta, tez morena, una enorme sonrisa y los lentes de sol de su admirado John Lennon. Bajamos por la calle Diagonal Paraguay hasta la plaza Perú, en busca de un boliche que según él vendía baratas las cervezas. En el camino lo saludaron numerosos jóvenes, mientras yo le comentaba que desde el 2003 conduje programas radiales de rock en Chillán, donde la difusión de las bandas siempre ha sido menor que en la capital regional.

Una vez provistos de bebidas, hablamos de los grupos que hicieron de Concepción un polo rockero. Coincidimos en que los últimos fueron Los Bunkers, de quienes en sus inicios él mismo fue manager. Recordó que las bandas surgían de sectores como la plaza Condell (con su fábrica abandonada propicia para el metal) y la Remodelación Paicaví, que en los ’80 señalaba el término de la urbe. Allí vivieron algunos integrantes de Los Santos Dumont y de Machuca, cerca del CIDEC, donde Mendoza y Ricardo Mahnke estudiaron Comunicación Audiovisual junto a varios otros rockeros.

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¿Cuál fue tu primera experiencia como productor o manager?

Debuté con la banda «Casa de los Sueños», la que posteriormente originaría a los Machuca. ¿Me creerías que en ese tiempo su rudo bajista «Basura Infante» se pintaba los ojos, porque eran más New Wave que Punk? Tenían apenas quince años…

¿Y en cuanto a las radios?

Tuve un programa en la Radio Universidad de Concepción, llamado «La Nueva Oreja», entre el ’85 y el ’87. Mostramos bandas emergentes, como Casa de los Sueños, Los Ángeles Subterráneos (donde tocaban Iván Molina, el baterista de Emociones Clandestinas, y Mauricio Melo antes de formar Los Santos Dumont), y por cierto a Los Tres con un Álvaro Henríquez de 18 años. El espacio lo hacíamos con dos alumnos de mi padre, Marcos Valenzuela y Mauricio Castillo, que hoy son profesores de Historia. Aparte de difundir a los grupos locales usualmente con alguna banda invitada en el estudio, difundíamos el New Wave británico.

¿Aquella época registra otros programas aparte del tuyo?

A fines de los ’70 hubo un programa que nos enseñó a todos, cuyo nombre era «Nueva Dimensión», hecho por gente de la Facultad de Medicina. Otro señero se difundía a través de una emisora de Talcahuano: «La Rana Dominguera», donde participaba el «Yogui» Alvarado de Emociones Clandestinas. Ricardo Mahnke tenía también un programa paralelo al mío: «La Ampolleta Encendida».

¿Tuvieron problemas con la censura?

Nos hostigaban bastante, aun siendo de una radio universitaria. Pero una vez pasé un gol de media cancha con el tema de Sting: «Ellas bailan solas», incluyendo una alusión a Mr. Pinochet. El conductor del siguiente espacio, de derecha pero buena onda, se rió bastante y me dijo: «tenías que terminar haciéndola, cabrito».

¿La sacaste así de barata?

El conflicto estuvo al llegar a mi casa. Mi papá me retó fuertemente, porque era profesor de Arte en la universidad, gritándome que por mi acción lo podrían echar del trabajo. Le respondí con mi mejor parada de rockero, que era necesario difundir a la oposición. Ahora está orgulloso de mi atrevimiento.

¿Alcanzaste o no a ser manager de los Tres como Mahnke?

No me siento manager de Los Tres como lo fui de Los Bunkers. La banda iba mucho al programa y les organicé varias tocatas en el Aula Magna, pero eso fue todo.

¿Y cómo se gestó tu trabajo con los Bunkers?

Partió a fines de los ’90 cuando hice otro programa en una radio comunitaria del Barrio Norte, con mi amigo Juan Carlos Medina, antiguo músico de Casa de los Sueños. La idea era contar la historia del rock penquista y se llamaba «Hecho en Conce (dos décadas de rock)». Allí pasé mis registros exclusivos de unos imberbes Los Tres en el Aula Magna. Juan Carlos necesitó irse y me recomendó a César Altamirano, periodista especializado en música. Él me instó a que viese a una nueva agrupación derivada de dos bandas previas: Los Biotles y la Pol Chefer Band.

¿Les ofreciste tus servicios?

Fue así de impulsivo, como todo lo que hago, ya que me deslumbraron. Nunca había oído una banda con un concepto tan bien armado, basado en The Beatles y The Kinks. Les encantó que les consiguiera tocatas y me pusieron a cargo de lo demás, ya que eran fans de mi programa. No pasó mucho tiempo antes de que tocaran en el colegio Charles de Gaulle, que organizaba presentaciones en el Día la Música Francesa, donde yo aportaba con bandas emergentes. Merece una mención especial el periodista Rodrigo Díaz y el fotógrafo Cristóbal Barrientos, que en los conciertos leían poemas con su grupo literario «El Aullido», amenizando su voz con melodías de jazz, como lo hacía también el grupo González y los Asistentes. Antes de que los Bunkers se fueran a Santiago, organizamos con Mahnke una gran presentación de despedida.

¿Nunca quisiste tocar y tener tu propia banda?

Alguna vez me compré una guitarra y tomé clases particulares, pero no hubo caso: no tenía dedos para el piano. De modo que volqué mi amor a la música por otro lado, ya que siempre he tenido un talento innato para manejar grupos de personas.

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¿Te sientes reconocido en el ambiente penquista?

No busco eso, incluso gente amiga se molesta por mi bajo perfil. Para mí el gran pago es el buen sonido de un grupo y que después le vaya de maravillas. Hago esto porque me sale de adentro, es una pasión. ¡Con decirte que cuando me junto con gente de mi edad me aburro a morir!… Una vez mi hija Fernanda, que ahora es enfermera, me refrescó la memoria citando una frase del líder de los Oasis, Liam Gallagher: «¿por qué tengo que ir donde todos van?».

¿Cómo ves el rock en Concepción actualmente?

El cliché de «drogas, sexo y rock» ya no corre. Todo depende de trabajar y trabajar, ensayar y ensayar. Lamentablemente muchas bandas quieren ser famosas de la noche a la mañana y emigran cuanto antes a Santiago. Creo que hoy lo del polo del rock penquista ya no existe, lo digo porque voy a todas las tocatas. Predominó mucho el prejuicio de que si no sonabas británico, no eras una buena banda. No quiero ser petulante, pero los años te pulen y ahora cuando escucho una banda no sé si servirá.

¿En el presente diriges a algún grupo?

Soy el manager de «Kilómetro 20». Se nombraron así porque en ese punto de no sé cuál carretera había una casa de putas. Al principio no los encontré buenos y se los dije, pero su vocalista tiene un carisma único, por algo admira a Jim Morrison. Escribe las canciones, toca la segunda guitarra y se hace llamar «Milo Morrison». Espero que a estas alturas del partido no me haya equivocado con ellos.

De pronto, Jorge me mira con picardía y su sonrisa se expande aún más, cosa que no creía posible.

«No me lo vas a creer dice, adivina cuál es su verdadero nombre».

Miro la mesa con las cuatro botellas de litro de cerveza ya consumidas y mis dos libros que le mostré a Jorge. Es el final de la entrevista y sólo atino a responder:

No lo sé, no me lo imagino…

Se llama Camilo Ortiz.

Jorge mendoza y camilo ortiz

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